Elogio del turista vocacional

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El cine de Woody Allen se aprecia más en Europa que en su país, donde tiene un público fiel, pero minoritario. Según algunos, su mirada sobre Nueva York es tópica, de tarjeta postal. Es la imagen, precisamente, que a mí, como turista de ida y vuelta, me deslumbra: el Nueva York instalado y amable, sumergido en pensamientos posmateriales. La mía es la mirada del flaneur despreocupado y epidérmico que Charles Baudelaire y Walter Benjamin ensalzaron en su momento. La observación  discreta, el gozo de la superficialidad, sin voluntad de cruzar los límites que enmarcan la privacidad de los edificios y de las personas. Esta es la actitud que me atrae en cualquier ciudad que visite, ajeno a las pretensiones del « viajero » que no se reconoce como « turista ». Sin pretensión crítica alguna. Solamente estética y situacional, fugaz e irrepetible. Tengo la impresión que, si alguna vez, llegara a conocer  a fondo un destino turístico, no volvería a aquel lugar nunca más. Me divierte la figura del “antropólogo inocente” descrita, con notable humor británico, por Nigel Barley. Pero, yo, turista vocacional, quiero ser un visitante más o menos indiferente ante la “realidad”.

Tras las fachadas, suele haber lo mismo en Nueva York, en París o en Valencia. La estrategia brechtiana del distanciamiento y la “mirada panorámica” del mismo Benjamin son sistemas de seguridad contra toda pretensión de trascendencia,  siempre indeseable. La comunidad desconocida me atrae porque me es ajena –literaria, al fin y al cabo. Quiero sentirme extraño en Nueva York, en París o en Estocolmo, entre mis preferencias. Soy un “forastero” y esta es la condición que más felicidad me provoca. No quiero ser “como los de allí” sino que reclamo el anonimato fantástico. Me interesa, en consecuencia, el flash, la fotografía que permite la orgía de la imaginación. Nuestra “idea” de Nueva York es, necesariamente, puntual, fruto de la conjunción azarosa y, a veces, antitética, de factores y de circunstancias. Consecuencia al mismo tiempo de la “creatividad” de nuestra percepción en cada una de nuestras visitas: una mirada que huye de la “objetividad” de los sacerdotes de la “verdad”. Al fin y al cabo, el secreto del turista es su insustituible “individualidad”, una forma particular de ver –de visitar– el mundo. Una individualidad esculpida a golpe de fragmentos interiores superpuestos hasta la complejidad más personal, síntomas de una red de significados nacidos de la experiencia directa, de la lectura o del cine. Como nuestros sueños, inconclusos y enigmáticos, por definición. Desafiantes o melancólicos, inquisidores o seductores, según el día y el instante.

New York is not America, it is a special concept of life and perpetual experiment, escribió Michael Streck como pórtico a un excepcional libro de fotografías sobre la ciudad de Woddy Allen. El resultado de esta actitud de intrascendencia es una aventura sin certezas, pero riquísima. A la búsqueda insistente de distintas perspectivas que convierten la ciudad en un poliedro babélico. Son los ways of seeing de John Berger: los modos de mirar “la obra de arte” que es la ciudad. El beneficio emocional de la contemplación depende de nosotros. Por eso, mientras planeamos nuestra próxima visita “real”, Nueva York es también La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, Una historia del Bronx de Robert de Niro o el Taxi Driver de Martin Scorsese. Mañana puede ser La tentación vive arriba de Billy Wilder,  La semilla del diablo, con Mia Farrow, o el Cow-boy de medianoche, con John Voght y Dustin Hoffmann. Y la ciudad de Hojas de hierba de Walt Witman, contradictorio y humano como pocos. Y Henry Roth, Saul Bellow, Bernard Malamud y DeLillo. Y los padrinos de Mario Puzo y Francis Ford Coppola. Y aún, La ciudad automática de Julio Camba, que el humorista consideraba “la ciudad más romántica del mundo moderno”, contra todo canon conocido. Y, por supuesto, Esto es Nueva York de E. B. White, luminoso retrato made in The New Yorker. “Nueva York es el universo. Todo está y todo ocurre al mismo tiempo”, concluye Don Delillo, uno de los últimos cronistas de la ciudad. Como París, aquí, en mi estudio cerca del Mediterráneo, es Honoré de Balzac, Emile Zola, Víctor Hugo o Paul Léautaud. Y las gloriosas colecciones fotográficas de Man Ray que ha convertido en literatura Herbert R. Lottman. O las aventuras del tierno Maigret,  comisario instalado en el pequeño placer del humo de pipa, persona de café, como buen francés, de comida casera, sombrero y gabardina. Y cada cual, como es natural, de aquí y de allá, escoge lo que más le place: de la visita “real” o de la memoria literaria, musical o audiovisual. El instante brevísimo en que dos miradas se entrecruzan en el centro de la Piazza de la Signoria es suficiente, por ejemplo, para oscurecer siglos de sublime creación artística contenida en los Uffizi de Florencia. Un simple café irlandés –¡doble, que son los inventores!– en la terraza del Buena Vista de San Francisco, mientras gozas de la contundente vista de Alcatraz y el Golden Gate Bridge, te invita a volver a California. Como volvería a Amsterdam por una modesta cerveza en de Jaaren, el mejor de los white coffes de la capital holandesa. En La Havana, me sentaría en la terraza del Hotel Nacional y, con un habano cortado como me enseñó un camarero del Floridita, dejaría pasar el tiempo observando el Malecón, disfrutando del paisaje humano que pasea y saboreando la atmósfera de tentación, controlable, que sugiere el humo del tabaco tierno cuando quema.

Alguien encontrará diferencias abismales entre el turismo y el consumo vicario de literatura y cine sobre la ciudad. No es mi caso, por supuesto. Las fronteras entre la evidencia y la imaginación son cada día más difusas y permeables. Y quizás en su punto de encuentro se halla el acierto más sugerente del viajero. Perdón: del turista. Al fin y al cabo, la belleza, como la felicidad, es un instante irrepetible que ya ha sucedido. “La felicidad, cuando se busca, no se halla. No es un objeto expuesto en la vitrina que puedes codiciar. Es un acto de voluntad”, escrivió Émile Chartier, alias Alain. Una belleza y una felicidad llenas de contraluces que nuestra mirada debe iluminar hasta donde seamos capaces.

Cualquier película de Woddy Allen es buena para alimentar nuestra mirada sobre Nueva York. El Autumn in New York, interpretado por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong o el Spring in Manhattan de Mark Whitfield nos recuerdan también que cualquier estación es buena para volver, para soñar, que es lo mismo.

 

 

Article publicat al núm. 6 de la Revista LARS, València, 2006.

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